Por Mario Peñailillo A. Funcionario público y dirigente sindical en SENCE. Integrante de la Coordinadora Autónoma para el Desarrollo Sindical (CADES)
La paradójica situación actual de un gobierno que asumió con un respaldo electoral inédito, es que día a día debe enfrentar el peso de sus propias equivocaciones. Más de siete millones de chilenas y chilenos votaron por el candidato de la ultraderecha, quien obtuvo un 58,2% de los sufragios. La centroizquierda quedó reducida a poco más del 40%. Resulta imposible relativizar el resultado: fue una derrota política, electoral y cultural para quienes, durante décadas, se identificaron como progresistas.
A casi cinco meses de la instalación de José Antonio Kast y de su equipo de Gobierno, podemos observar con mayor claridad el diseño y la profundidad del proyecto país que pretenden imponer. No se trata solamente de un cambio de administración, estamos frente a un intento de transformación estructural. Esta cruzada neoliberal impulsada desde el Ministerio de Hacienda pone en riesgo los escasos avances alcanzados en justicia social, pensiones y derechos laborales. Junto con ello, conquistas elementales en materia de libertades individuales, especialmente aquellas alcanzadas por nuestras compañeras, vuelven a ser cuestionadas y demonizadas por los nuevos fariseos de la ley, la moral y la culpa. La premisa no es nueva: que la riqueza permanezca en manos de los ricos y que los pobres se las arreglen como puedan.
En este escenario las fuerzas sociales parecen diluirse entre la apatía, el miedo y la desesperanza. La CUT no ha logrado construir la fuerza social necesaria para enfrentar una arremetida patronal respaldada por el Gobierno, y la ANEF no consigue convocar, organizar, ni comunicar adecuadamente la magnitud de la amenaza que enfrenta el Estado y quienes trabajamos en él.
Además de administrar estructuras, emitir declaraciones o reaccionar cuando los hechos ya se han consumado, la dirigencia de la ANEF tiene la responsabilidad de explicar con claridad lo que puede ocurrir en cada servicio público y en cada región.
Para quienes somos trabajadoras y trabajadores públicos, el fantasma de noviembre aparece como una sombra que provoca temor. Ya lo vivieron las compañeras y compañeros desvinculados del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV), sometidos a una jibarización institucional que los dejó al borde de su desaparición. No debemos esperar a que noviembre confirme nuestros peores temores. La tarea comienza hoy: transformar el miedo en organización, la rabia en fuerza colectiva y la desesperanza en una voluntad de lucha. Necesitamos convertir la resignación en conciencia y acción colectiva.
El momento exige conducción política, presencia territorial, capacidad de convocatoria y una lectura clara de lo que está ocurriendo. Hoy se requiere una energía diferente, más creativa, valiente e irreverente. Una fuerza capaz de volver a conectar con los miles de trabajadoras y trabajadores del Estado.
Porque cuando parece que ya nada puede ir peor, empeora. Pero cuando las trabajadoras y los trabajadores se organizan, la historia también puede cambiar. Así lo dijo Clotario Blest: “Cuando el pueblo se lanza a la calle nadie lo detiene. El pueblo vencerá a cualquier fuerza bruta que se oponga a su justicia y a su verdad”.



