Por Carlos Pontigo
Presidente Asociación de Técnicos Jurídicos
Hace 15 años, los medios me bautizaron como el «acaparador de dominios». Y desde la perspectiva de registrar anticipadamente dominios de internet con nombres de presidenciables o líderes de opinión (con la intención de obtener una reunión para intercambiar esa dirección web por un café) tenían razón. Sin embargo, detrás de esta jugada no hay dolo sino una estrategia: forzar a que la clase política se mueva antes de tiempo y lograr que nosotros, la clase media llegue a tiempo a un debate al que generalmente no somos invitados. Recientemente, reincidí inscribiendo los dominios de figuras como Franco Parisi, Iván Poduje, Johannes Kaiser, Pablo Longueira y Tomás Vodanovic para el 2030. Reincido porque entre esos nombres se gesta el próximo ciclo del país, y es mi deber de clase marcar la cancha desde el día uno.
El Chile que conocíamos desapareció. Los bloques tradicionales de izquierda y derecha se han difuminado y finalmente los «dinosaurios» de la política de la transición se extinguen bajo el reinado de fuerzas divergentes como el Partido de la Gente, el Partido Republicano y el sector Libertario. Una ola que, por ahora, se presenta con sus propios vicios y no los lastres del pasado. En la vereda opuesta, la izquierda tradicional se desarmó, dejando al alcalde Tomás Vodanovic como la única figura con peso real frente a una centro-derecha que busca desesperadamente un liderazgo que conecte con la calle.
Pero seamos honestos: al ciudadano de a pie no le importa el color de la banda presidencial, sino quién es capaz de comprometerse con seguridad y trabajo. Si el próximo gobierno lo hace bien, sea de donde sea, quien gana es Chile. Si lo hace mal, debe venir otro o -como dicen los jóvenes- “sale un ave mayo!”. Así de simple.
Mi perspectiva no nace de una cátedra o seminario del partido político, sino de un magíster de 30 años de calle y mundo PYME. Soy de los que han quebrado y se han levantado más de una vez. Esa es la escuela que realmente mueve al país: la del taller, la feria, la peluquería de barrio y el rebusque. Por eso, me causa un profundo rechazo ver a políticos y élites acomodados en la comodidad de su privilegio, ignorar la realidad de una mayoría que sostiene con su voto las cúpulas de hierro de la oligarquia.
Quienes no firmamos por partidos de color blanco o de color negro, vemos la vida real con sus escalas de grises. Esa es la tonalidad con que se nutren las existencias del suburbio de la clase media. Ahí está el que se endeuda para pagar la patente, el que abre a las 7:00 de la mañana y el que cierra a las 21:00 horas; el que los fines de semana vende de “colero” en la feria pero que aún así no califica para un subsidio en la Municipalidad. A ellos les hablo como Presidente de los Técnicos Jurídicos de Chile, porque me conmueve ver cómo nuestro país sube en los rankings de corrupción y desciende en los de probidad. Pienso que políticamente y socialmente -incluso humanamente- nadie se salva del juicio de valor hoy en día y esa crisis país es orgánica porque la decadencia se instala cuando el poder olvida a la gente y se sirve a sí mismo.
La política actual está en deuda con el sentido común. Mi obligación, desde esta tribuna gremial y ciudadana, es intentar no caer en este laissez faire y tratar de influir por todos los medios posibles para que nos vean. Si hay que acaparar la atención o hacer esfuerzos para denunciar que el rey está desnudo o que los muros del imperio hablan de la crisis, puedo seguir diciendo la verdad tal como la veo durante el tiempo que me consideren. El país necesita gestión, honestidad y respeto por quienes sostienen la economía día tras día. Si no terminamos con la corrupción, no habrá un futuro que valga la pena rememorar.



