En este momento estás viendo Feriados irrenunciables: retroceder no es modernizar

Por Cristina Melo, abogada laboral

En los últimos días se ha planteado la posibilidad de eliminar los feriados irrenunciables. Más que una propuesta técnica, se trata de una señal política preocupante: la idea de que los derechos laborales pueden relativizarse cuando incomodan al crecimiento económico. El debate se instaló tras las declaraciones de Susana Jiménez, presidenta de la Confederación de la Producción y del Comercio, quien sugirió revisar estas jornadas por su supuesto impacto negativo en la actividad y el empleo.

Pero el problema de fondo no es económico, es conceptual. Los feriados irrenunciables existen precisamente porque el mercado, por sí solo, no garantiza condiciones mínimas de equilibrio. Su eliminación implicaría volver a una lógica en que el trabajador “elige” trabajar incluso cuando esa decisión está condicionada por la necesidad, la presión o el miedo a perder el empleo. Eso no es libertad; es asimetría.

La historia laboral chilena es clara en este punto. Desde episodios como la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique hasta la consolidación del Código del Trabajo de Chile, el país ha ido estableciendo límites explícitos al poder del empleador.

Los feriados irrenunciables son una de esas barreras mínimas. Surgieron con fuerza en los años 2000, en respuesta a la expansión del retail y a una realidad evidente: sin regulación, el descanso simplemente no ocurre. Desde aquí también nace la pregunta ¿es justo que sólo el retail deba tener feriados irrenunciables? Deberíamos avanzar para que todos los rubros la tuviesen.

Pretender hoy eliminarlos bajo el argumento de la competitividad no sólo desconoce ese origen, sino que instala una pregunta incómoda: ¿cuánto estamos dispuestos a ceder en dignidad laboral a cambio de consumo?

Porque de eso se trata. No de una discusión técnica, sino de una definición de sociedad. Si el funcionamiento del comercio depende de que miles de trabajadores renuncien a pasar fechas significativas con sus familias, el problema no es el feriado: es el modelo.

Eliminar los feriados irrenunciables no es modernizar la legislación laboral. Es retroceder. Y hacerlo, además, con pleno conocimiento de por qué esas normas existen, resulta aún más grave.

El descanso no es un privilegio negociable. Es un límite. Y cuando los límites empiezan a ceder, lo que sigue no es crecimiento: es precarización.