Por María José Martínez
Funcionaria pública y dirigenta sindical en la Subsecretaría de Prevención del Delito.
Integrante de la Coordinadora Autónoma para el Desarrollo Sindical (CADES)
Hay algo que está pasando con el sindicalismo en el sector público y que debiéramos atrevernos a mirar de frente. Vivimos tiempos en que el trabajo público ha sido cuestionado y se ha instalado un discurso que presenta a las y los funcionarios públicos como un problema, un costo o, peor aún, como una “grasa del Estado” que hay que eliminar para hacerlo más eficiente. Ese discurso no es inocuo: desvaloriza nuestro trabajo y debilita la legitimidad de quienes sostenemos diariamente los servicios públicos.
Pero también debemos preguntarnos qué está pasando dentro de nuestras propias organizaciones sindicales. Porque el deterioro de la valoración de lo público ocurre al mismo tiempo que nuestro propio tejido sindical se ha ido debilitando. En muchas asociaciones las y los dirigentes cargan individualmente con responsabilidades que debieran ser colectivas, y las bases se han ido alejando, dejando vacíos espacios de participación que les pertenecen.
Mi diagnóstico es que falta participación, falta solidaridad y, sobre todo, falta acción sindical. Pero lo más crítico es que se van debilitando los vínculos. Zygmunt Bauman utilizó el concepto de amor líquido, en el libro del mismo nombre, para describir cómo las relaciones humanas en la sociedad moderna son frágiles, efímeras y carecen de un compromiso duradero. Quizás también estamos frente a un sindicalismo líquido: donde la cohesión escasea, la participación aparece y desaparece, la solidaridad se activa solamente cuando el conflicto nos afecta directamente y los intereses individuales se imponen por sobre la construcción de lo colectivo. Y cuando los vínculos se vuelven líquidos, también se debilita nuestra capacidad de defendernos.
El sindicalismo no puede reducirse a una negociación anual. La solidaridad no puede ser solamente una herramienta discursiva: tiene que ser una práctica, reconocer las necesidades del otro como propias y movilizarnos por ellas, aunque el conflicto —supuestamente— no nos afecte directamente.
También necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que hoy resulta profundamente necesario: la fraternidad sindical. Porque el desafío no es solamente enfrentar los discursos que desprecian al trabajador y a la trabajadora pública. El Estado puede pretender trabajadores más individualizados, más silenciosos y menos organizados. Pero precisamente por eso nuestra respuesta debe ser la contraria: más organización, más solidaridad, más participación y más acción colectiva.
Quizás el sindicalismo líquido sea una expresión de nuestro tiempo. Pero no estamos condenados a permanecer así. Frente a un Estado que nos quiere líquidos, necesitamos un sindicalismo sólido. Sólido en convicciones, vínculos, solidaridad y capacidad de organizarnos. Podemos alzar la voz de forma individual, pero solo unidos podemos cambiar las cosas.